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En el número 5 de la rue Muller, en la parte alta di Montmartre, se erige un viejo edificio. Es una construcción modernista anónima che domina los demás palacios desde la colina, haciéndose visible casi desde cualquier barrio de París. De líneas sencillas, es una de tantas edificaciones de principios de siglo surgidas a la sombra de los grandes bulevares y, ahora, abandonada a la desidia de unos propietarios poco concienzudos. Los revoques de la fachada están ennegrecidos por el tiempo y la intemperie; los coquetos balcones de forja lucen descuidados y peligrosamente inestables, y los peldaños que conducen al macizo portal -antaño adornado con filigranas florales- han perdido ya sus mármoles. A unos veinte centímetros de la entrada, se encuentra garabateada una frase en caracteres góticos: La verdad es la inquietud de la vida. Un arcano vaticinio, redactado en una época en la que el hermetismo confería, aunque solo fuera en apariencia, un sentido sobrenatural a cualquier banalidad que el hombre escribiera. A quién o a qué se refería la frase, por supuesto, es algo que nunca sabremos. A pesar de su estado de abandono, el edificio aún conserva cierta dignidad. Recuerda vagamente a esas ancianas que se ven a menudo en los mercados de barrio: conscientes de haber sido bellas y seductoras en un pasado ya marchito, pero a la vez sabedoras de que el inexorable paso del tiempo las ha cambiado y desgastado hasta el punto de que nada, de aquello de lo que se enorgullecían, ha quedado intacto. Esta es la Residence Selma, viva todavía hoy en el recuerdo de tantos juerguistas parisinos, amantes del buen humor, los licores selectos, las cortesanas hermosas y el aroma a lavanda rociado distraídamente sobre ásperas sábanas de lino. Desde los primeros años del siglo XX, este lugar albergó uno de los burdeles más célebres de París. No había viajero, hombre de negocios o comerciante que, al pisar la Ville Lumière, no recalara una noche en la Residence Selma para consumir placeres sublimes con alguna de las muchachas que aguardaban a los clientes en la planta baja. Madame Selma Molovski dio nombre al inmueble, convirtiéndose en su maîtresse y, a la vez, en su principal atracción. Llegada a Francia en los albores del siglo, huyendo de una Rusia incierta sobre su propio futuro, no tardó en comprender lo fácil que resultaba ganarse la vida con el mínimo esfuerzo: abrir las piernas y cobrar el servicio. Conoció a un noble arruinado y se casó con él de la noche a la mañana para obtener la ciudadanía, justo a tiempo antes de que este estirara la pata en la Gran Guerra, tras un solo día en el frente. Más tarde, aprovechó el título nobiliario para abrirse las puertas de los salones parisinos, donde cada una de sus prestaciones, en virtud de su contrastada experiencia, valía una fortuna. El aspecto de esta astuta cortesana ha cambiado con los años: hoy parece una anciana de modales dulces y comportamiento educado, que nada parece tener que ver con su tormentoso pasado. Vive en uno de los dos apartamentos de la planta baja con su hijo George. Este último, aún bastante joven, alto, con una melena rubia que despertaría la envidia de cualquier estrella de cine y unos ojos de un azul claro -similares al océano que baña las tierras del norte dejando a su paso un olor salobre-, cojea lastimosamente de la pierna derecha.