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La ciudad extendía sus luces bajo una neblina gris, atrapada entre las montañas oscuras y el peso de una guerra que aún no tenía nombre oficial. En los callejones del sur, los vendedores apagaban las últimas lámparas de sus puestos mientras el olor a pan caliente y gasolina flotaba sobre las avenidas congestionadas. Desde los minaretes surgía la oración nocturna, grave y melancólica, como si los viejos muros de la ciudad presintieran la llegada de algo terrible. Las mujeres caminaban deprisa. Cabellos ocultos bajo telas negras, ojos bajos, silencios aprendidos desde la infancia. Algunas llevaban el miedo pegado al rostro; otras, resignación. En cada esquina aparecían camionetas de la policía moral. Los focos iluminaban rostros cansados, manos nerviosas, velos acomodados con rapidez. Nadie deseaba llamar la atención de los guardianes de la virtud. Aquella noche, el aire estaba cargado de electricidad. Los teléfonos repetían rumores imposibles. Ataques en el Golfo. Buques estadounidenses avanzando hacia posiciones estratégicas. Discursos de ayatolás transmitidos por televisión estatal. Promesas de resistencia hasta el martirio. Los hombres hablaban en voz baja dentro de las casas. Las madres preparaban reservas de agua. Los niños escuchaban conversaciones que fingían no comprender. En un apartamento antiguo del distrito de Vanak, Leyla observaba la ciudad desde detrás de una cortina. Tenía veinticuatro años y una costumbre peligrosa: pensar demasiado. El velo oscuro cubría su cabeza, aunque algunos mechones negros escapaban sobre su frente. Su madre siempre decía que aquello podía traer problemas. En Teherán, hasta el cabello poseía significado político. Un centímetro descubierto bastaba para despertar sospechas, insultos o castigos. Leyla ya conocía el miedo. Había aprendido a caminar sin mirar directamente a los hombres armados. Había aprendido a callar cuando escuchaba sermones sobre pureza, sacrificio y obediencia. Había aprendido a esconder libros prohibidos detrás de textos religiosos. Su vida entera se parecía a una habitación sin ventanas. Entonces sonaron las sirenas. El sonido atravesó la ciudad como un cuchillo. Primero una alarma distante. Luego otra. Después decenas. Un rugido metálico descendiendo desde los edificios, rebotando entre mezquitas, autopistas y azoteas. Las luces comenzaron a apagarse barrio tras barrio. Desde la televisión estatal surgió una voz temblorosa ordenando a la población buscar refugio inmediato. Leyla sintió que el corazón se detenía. Abajo, en las calles, la multitud corría en todas direcciones. Los automóviles chocaban unos contra otros. Una mujer gritaba el nombre de su hijo. Sobre el cielo de Teherán apareció el eco sordo de los aviones. La guerra había llegado.